Hasta la llegada de las religiones monoteístas en todas las culturas
prehistóricas euroasiáticas la fuerza procreadora del universo fue
personalizada en la figura de una mujer (Rodríguez, 1999), la Gran Madre, de
donde venimos y a donde todo retornará. Sin embargo, con la llegada de las religiones monoteístas, se comienza a concebir el origen del mundo bajo un principio
masculino, identificando al Dios creador como Él.
“Bendito sea Yavé
porque no me hizo gentil; bendito sea Yavé porque no me hizo esclavo; bendito
sea Yavé porque no me hizo mujer”. (Texto del Talmud hebráico).
¿Cómo, cuándo y por qué la mujer queda
relegada a un segundo plano?
Durante el Imperio Romano, hombres y mujeres poseían los mismos
derechos de culto, pero la situación no se prolongó demasiado, ya que en el siglo II un manual de liturgia cristiana dedicó un capítulo a la disposición de los
asistentes a una asamblea y dispuso que las mujeres han de estar separadas de
los hombres y en silencio. Un tiempo después, en el siglo IV, Eusebio de
Cesárea, primer historiador de la Iglesia, escribió que no se le permitía a las
mujeres leer públicamente en las iglesias ni predicar, porque en los comienzos del
cristianismo, las enseñanzas de las mujeres molestó al apóstol (Pablo) y éste
las mandó a callar.
Una etapa maldita de la Iglesia católica fue,
sin duda, el genocidio religioso llevado a cabo por la Inquisición, en nombre de Dios, durante la cual se llevó a cabo la persecución de muchas mujeres acusadas de brujería. El nivel de represión alcanzó cotas
aterradoras.
¿Quién habló de fundamentalismo religioso, de intolerancias y de
crueldad en las sentencias por lapidación en ciertos países islámicos de hoy,
como Nigeria, Irak, Irán, Sudán…?
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