domingo, 14 de mayo de 2017

La exclusión de la mujer en la religión

Hasta la llegada de las religiones monoteístas en todas las culturas prehistóricas euroasiáticas la fuerza procreadora del universo fue personalizada en la figura de una mujer (Rodríguez, 1999), la Gran Madre, de donde venimos y a donde todo retornará. Sin embargo, con la llegada de las religiones monoteístas, se comienza a concebir el origen del mundo bajo un principio masculino, identificando al Dios creador como Él. 

“Bendito sea Yavé porque no me hizo gentil; bendito sea Yavé porque no me hizo esclavo; bendito sea Yavé porque no me hizo mujer”. (Texto del Talmud hebráico).

¿Cómo, cuándo y por qué la mujer queda relegada a un segundo plano?

Durante el Imperio Romano, hombres y mujeres poseían los mismos derechos de culto, pero la situación no se prolongó demasiado, ya que en el siglo II un manual de liturgia cristiana dedicó un capítulo a la disposición de los asistentes a una asamblea y dispuso que las mujeres han de estar separadas de los hombres y en silencio. Un tiempo después, en el siglo IV, Eusebio de Cesárea, primer historiador de la Iglesia, escribió que no se le permitía a las mujeres leer públicamente en las iglesias ni predicar, porque en los comienzos del cristianismo, las enseñanzas de las mujeres molestó al apóstol (Pablo) y éste las mandó a callar.

Una etapa maldita de la Iglesia católica fue, sin duda, el genocidio religioso llevado a cabo por la Inquisición, en nombre de Dios, durante la cual se llevó a cabo la persecución de muchas mujeres acusadas de brujería.  El nivel de represión alcanzó cotas aterradoras.

¿Quién habló de fundamentalismo religioso, de intolerancias y de crueldad en las sentencias por lapidación en ciertos países islámicos de hoy, como Nigeria, Irak, Irán, Sudán…?

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