domingo, 14 de mayo de 2017

La exclusión de la mujer en la Historia

Sedimentos antropológicos e históricos:

En muchas culturas se piensa que los hombres son espiritualmente superiores a las mujeres y éstas son tratadas como seres peligrosos y contaminadores. Esto es, sin duda, la consecuencia de los sedimentos antropológicos que han dado origen a nuestra civilización, fundamentada en una misoginia radical que atraviesa épocas y espacios geográficos diferentes.

Algunos ejemplos: la tribu de los yanomami, el nama (Nueva Guinea).

En la tribu de los yanomami la mayoría de las peleas se originan por actos reales o imaginarios de adulterio o por promesas incumplidas de proporcionar esposas.
También el cuerpo de las mujeres se halla cubierto de cicatrices, fruto de encuentros violentos con seductores, maridos y/o violadores. De hecho, el estatus entre las mujeres se mide según la frecuencia de las pequeñas palizas que les propinan sus maridos.

En Papúa, Nueva Guinea, existe el nama, culto de iniciación masculina que forma a los varones para ser bravos guerreros a la vez que aprenden a dominar a las mujeres. Los hombres tenían la obligación de mostrarse extremadamente violentos en relación con sus mujeres en todos los acontecimientos sociales y la vida privada y todo eso formaba parte del orden natural de las cosas.

La supeditación de la mujer al hombre se originó al mismo tiempo que la propiedad privada y la familia, cuando los humanos dejaron de ser nómadas y se asentaron en poblados agricultores. La escisión en dos ámbitos, doméstico y público, impulsó el control de la dominación masculina y a las mujeres no les cabría otra opción que ser ciudadana de segunda clase para siempre.

Se puede, si embargo, reconocer en la Revolución Francesa un punto de inflexión que intentó soslayar esa absurda pero interesada asimetría de poder entre hombres y mujeres. Los ideales revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad plantearon un nuevo dilema a la sociedad de la época: "O bien ningún miembro de la raza humana posee verdaderos derechos, o bien todos tenemos los mismos”.

Sin embargo, aquel espejismo de ensueño de justicia y de libertad fue efímero: con la llegada de la época del Terror, la mujer volvía al puesto que le correspondía según la tradición misógina que arrancaba en la noche de los tiempos.

Si en algo valió la pena el intento fue porque en esa época comenzó a gestarse el feminismo como movimiento político. El feminismo viene de la Ilustración Europea, aunque arranca previamente de la filosofía barroca y es en el Siglo de las Luces cuando toma su primer gran impulso.

Después, en la nueva legislación civil, las mujeres eran consideradas hijas, mujeres o madres en poder de los varones y no tenían derecho a la propiedad, o a fijar o abandonar el domicilio. El feminismo sufrió así un retroceso.

Por eso el derecho al voto y la entrada en la educación se constituyeron en los dos objetivos del sufragismo que se denomina “segunda ola feminista” ya en el siglo XX. En definitiva, lo que se pretendía era un principio inalienable que poseían todos los ciudadanos: la libertad.


Ya a mediados del siglo XIX la cuestión de la mujer era entendida como un problema social pero los historiadores, los enciclopedistas, los científicos, los guardianes de la cultura oficial, que han sido siempre hombres, en raras ocasiones han permitido la presencia, aunque fuera fugaz, de la mujer en los anales.

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