viernes, 14 de abril de 2017

Imagen y control social. Capítulo 7.

CAPÍTULO 7. Imágenes humanas de lo divino.


7.1. Algunas consideraciones sobre el hecho religioso.
El hecho religioso tiene su origen en el animismo: creencia de que los seres humanos compartimos el mundo con una serie de seres extraordinarios y extracorpóreos y en la existencia de un alma o sustancia espiritual que se aloja en nuestro cuerpo y nos abandona en la muerte.
Esta creencia tiene sus orígenes desde que el hombre es hombre, desde la Prehistoria, y la interpretación de la palabra de los dioses a los humanos ha estado ligada a la aparición también de una casta especializada de mediadores (chamanes, hechiceros, sacerdotes…). Con la aparición de los primeros Estados se acompañó del desarrollo de instituciones eclesiásticas y una organización y administración del culto religioso a las deidades oficiales.
Muy llamativo es el hecho de que desde las primeras prácticas religiosas primitivas los sacrificios de carne han ocupado un lugar importante. Uno de los más llamativos es el sacrificio humano por parte de los aztecas ya que, a diferencia de otros dioses, las deidades aztecas tenían apetito de carne humana. 
En contraposición con estos sacrificios y con las prácticas antihumanas de algunas religiones, surgieron unas nuevas religiones sólo esperaban que los seres humanos se dedicasen a realizar el bien entre sus semejantes y entre todos los seres vivos, negando gran parte de los placeres terrenales. Una nueva filosofía y una nueva religión, basada en la meditación profunda y en la trascendencia de una nueva vida, más armónica y plena, después de la muerte. Es el caso del cristianismo.
Pero si hablamos de la representación icónica de los dioses que han representado y representan las religiones cabría preguntarnos: ¿Hasta qué punto las imágenes masculinas de Dios no se relacionan con el discurso vigente sobre la masculinidad? ¿En qué medida la dominación masculina impide otras representaciones de Dios que no sean de carácter androcéntrico?
(Androcentrismo = la práctica, consciente o no, de otorgar al Varón y a su punto de vista una posición central en el mundo, las sociedades, la cultura y la historia)

7.2. En el principio era un pez: iconofobia de la religión cristiana.
Hay una deuda de la iconografía cristiana con la pagana, pues muchos símbolos e imágenes paganas se reciclaron y adaptaron al nuevo culto.
Ángeles y demonios = el Bien y el Mal.
Jesús = el Buen Pastor (dios pastor griego Hermes Krióforo)
Espíritu Santo= la paloma (símbolo de Venus).
Pero para llegar a ese nivel iconográfico, los primitivos cristianos habían heredado del Antiguo Testamento, como hemos dicho anteriormente, la prohibición de representar a la divinidad por lo que pronto recurrieron a símbolos herméticos que dieran estatuto de pertenencia a una comunidad sin levantar sospechas:
La cruz, como símbolo del sacrificio del Hijo de Dios.
El triángulo equilátero, con el ojo omnividente de Dios.
Representaciones crípticas de Jesucristo como un cordero o como un pez (el acróstico griego ICHTHYS, que significa pez, son las iniciales de Jesús Cristo Hijo del Dios Salvador).  

7.3. La imaginería religiosa, entre la ortodoxia y la provocación.
Biblia Idiotarum
Poco a poco, quienes detentan el poder divino aquí en la Tierra se van percatando que un uso «didáctico» de ciertas imágenes devotas, acompañadas de una piadosa prédica, pueden servir de difusión del evangelio: «la imagen es la literatura de los laicos». A partir de ahí se tomó a la imagen como arma de persuasión, de legitimación o de glorificación, dando lugar a una producción masiva de imágenes devotas. 
Sin embargo, uno de los principales escollos que tuvieron que salvar los creadores de imágenes fue precisamente la estricta ortodoxia de lo figurativo en materia religiosa. Varios artistas fueron incriminados por el Tribunal del Santo Oficio por plasmar escenas cristianas que no se adaptaban a las exigencias iconográficas de la Iglesia. 



La Iglesia siembre ha sido muy estricta con los criterios regentes en lo que ella considera como los límites de lo canónico. Fuera de ahí, cualquier imagen puede ser considerada desde un agravio a la moral católica hasta una flagrante representación herética. Incluso si el creador o la creadora de imágenes fuese un pintor tan peculiar como Salvador Dalí. 


Por otro lado, el arte barroco fue un paradigma de representación en la iconografía religiosa por cuanto suponía una ilustración de lo divino que servía de doctrina permanente en los muros y en las estancias de las iglesias y de las catedrales. 


También hay representaciones icónicas más actuales en las que se muestran representaciones de Jesucristo tan poco convencionales que levantan una polvareda de protestas de sectores conservadores de la sociedad y el clero.



Sin embargo, a pesar de que las autoridades primitivas de la Iglesia tenían una aspiración obsesiva por conseguir retratos auténticos y veraces del rostro de Jesucristo, su aspecto físico seguirá siendo un misterio por desvelar. De hecho, estas representaciones canónicas de la figura de Jesucristo se han estereotipado tanto a lo largo de los siglos por parte de la Iglesia que cualquier representación que se aparte de esos cánones nos cuesta bastante esfuerzo en asimilarla.
Casos muy particulares en la historia del cine de tipo religioso fueron representar un Judas negro en Jesucristo Superstar (Norman Jewinson, 1973) o de un Dios también de raza negra en Como Dios (Tom Shadyac, 2003). 



Control a través de las imágenes por parte de la Iglesia:

El siglo XXI tampoco parece una patente de corso que libere del debate y la polémica social y mediática a las producciones audiovisuales (aquí se revela, en toda su amplitud, que ninguna imagen es neutra e inocente).

En el fondo, pensamos, ese afán y celo eclesiástico por preservar el ritual de imágenes se fundamenta en la unificación de las miradas para conseguir el control de los espíritus. La pedagogía de la imagen religiosa nunca debe ir más allá de lo que dice la palabra. Se convierte en un mensaje autoritario porque no deja alternativas de creación ni de interpretación. Exactamente como ocurre en la iconografía de la cultura de masas o las imágenes administradas desde el poder político destinadas a servir como control social.

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