A modo de introducción me
gustaría empezar proponiendo este vídeo sobre “10 fotografías que hicieron
historia” para reflexionar sobre ellas:
En su libro, Susan Sontag trata
de acercarse al fenómeno de las imágenes violentas intentando establecer una
relación directa con las imágenes de la violencia como guerras, genocidios y
barbaries y sus representaciones audiovisuales. Susan Sontang reclama la
necesidad de denunciar desde la fotografía el abuso tantas veces como éste se
produzca. De este modo, la autora trata
de acercar al lector al sufrimiento de los otros. Algo necesario para el ser
humano, ya que de esta forma es capaz de identificarse con el otro y, por
tanto, comprender ciertos aspectos de la vida que de lo contrario pasarían
desapercibidos.
A lo largo del libro se hace una
reflexión sobre las imágenes más denigrantes que han podido captar los
reporteros gráficos en las diferentes guerras y sucesos que han asolado a la
humanidad. Así, tanto el contenido de estas fotografías y su uso ideológico
como la reacción del espectador y de los propios fotógrafos son partes
fundamentales de análisis.
Esta lectura nos da que pensar…
¿Qué efectos tiene la continua
exhibición de miserias en el espectador?
Cabe destacar que en este punto
podemos encontrar dos puntos de vista. Cuando las víctimas somos “nosotros”, es
decir, personas relativamente cercanas con las que podemos llegar a identificarnos,
estas imágenes de atrocidades no son tan explícitas como aquellas en las que la
víctima es una persona que nos “pilla lejos”, cuyas imágenes son presentadas
con el más mínimo detalle.
¿La sobre-estimulación de la sensibilidad a través de las
imágenes conduce a una naturalización de aquello que es mostrado y sus causas,
un sentimiento de que lo que se ve es, después de todo, irremediable?
Los medios de comunicación, los videojuegos y las películas nos
han bombardeado tanto con imágenes sangrientas y morbosas que cada vez es más
difícil hacer sentir algo a alguien con ellas, estamos cada vez más
insensibilizados. El shock ante estas imágenes cada vez tiene menos
potencia de impacto.
También ocurre que, al estar tan bombardeados por este tipos
de material audiovisual, nos es ya algo “normal”, algo cotidiano, de tal forma
que lo vemos como algo que no tiene solución, ocurre y ya está.
¿De qué manera la proliferación de imágenes de todas partes
del mundo genera en nosotros la presunción de que “sabemos” lo que pasa?
La respuesta la podemos resumir en la siguiente frase: “si no lo veo, no existe”. (Esto tiene también mucha relación con lo que comentábamos en la entrada anterior de las "verdades" mediáticas).
Otro punto al que Sontag dedica atención especial es a la
fascinación que la atrocidad ajena es capaz de generar, ese impulso morboso que
pulsa con más o menos fuerza en todo espectador. La divulgación de fotografías
de muertos, heridos, enfermos y hambrientos responde a una lógica doble: por un
lado, a la denuncia de estas situaciones; por otro, a la satisfacción del
morbo. En este punto podemos
plantearnos dos cuestiones: ¿En qué medida es el morbo del público el
que favorece la transformación del dolor ajeno en espectáculo? ¿Hasta dónde la
fotografía documental y periodística de la atrocidad cumple una función concientizadora
y, más allá de ella, se convierte apenas en una exacerbación de la morbosidad?
Respecto a esto, Susan Sontag critica a quienes convierten el horror de la
guerra en un espectáculo y que nos advierte del peligro de que la propia imagen
se vuelva un producto meramente banal.
Sontag realiza en Ante el
dolor de los demás una reflexión continua sobre lo que las imágenes
son capaces de suscitar en las personas. Insiste en que una fotografía puede
causar en la gente un acto de rebeldía, de concienciación. Pero también puede
provocar todo lo contrario; esto es, indiferencia, morbo: únicamente simple
curiosidad. El amor a la maldad, dice, es tan natural en
los seres humanos como la simpatía.
Bibliografía:
Sontag, S. (2003): Ante
el dolor de los demás. Madrid,
Santillana Ediciones Generales, S.L
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